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Héroe en Pamplona

  • Julio 15, 2017

Orillados en un tipo de corridas cada vez más anacrónicas, con la única recompensa de, en caso de éxito, verse anunciados al año siguiente en otro espectáculo de estas mismas connotaciones, entrenan cada día y se enfundan el traje de luces cuando tienen ocasión, sabiendo que hay más posibilidades de defenderse que de estirarse, de torear sobre las piernas en lugar de sobre los brazos, de batallar que de hundir las zapatillas en la arena. Se juegan el pellejo ante un toro de hechuras desproporcionadas y posibilidades inciertas, juzgados por un público cada vez más profano, que en la mayoría de los casos no ha sido educado para entender y juzgar un festejo que contiene otros matices diferentes a los de una lidia al uso. Y cuando triunfan, como esta tarde, en la última de San Fermín, tiramos de tópicos y lugares comunes. Hablamos de heroicidad, de mérito, de entrega… epítetos tan manidos que por exceso de uso, casi ni les damos el valor que tienen.

Por eso, sería bueno que no cayeran en saco roto ni las actuaciones de Javier Castaño y Rubén Pinar, ni el triunfo Rafaelillo en la clausura del abono. Por la importancia de lo realizado y, sobre todo, por el modo de conseguir el éxito y de explicar con hechos que su lucha sigue teniendo vigencia. No se pongan exquisitos analizando la dimensión de los muletazos, ni el número de los mismos por tanta. No era festejo para eso. Más bien tomen en cuenta la longitud de viga de los animales que tenían enfrente, lo desacompasado de sus movimientos y su agilidad para desarrollar sentido. Y sobre todo, sean conscientes del tamaño de sus sienes y sus arboladuras. ¿Se puede reunir uno en un muletazo con semejante cabeza? Y a la hora de matar ¿Cómo cruzas, sabiendo que, además de la envergadura de su testa, lo más seguro es que te tapen la salida? Pues varias de las mejores estocadas de la feria se vieron esta tarde.

Contó el encierro con la tipología típica de este encaste y el volumen propio de esta feria. Es decir, exagerado. Y en cuanto a su comportamiento, tuvo el lote el denominador común de la poca fuerza y, salvo el peligroso tercero, que fue un cabrón con pintas, la virtud de la nobleza, muchas veces camuflada bajo esa endeblez que no la dejó aflorar en su totalidad. Los dos primeros fueron los de conducta más dócil, dentro de las complicaciones de este encaste, mientras el sexto, que además peleó bien en el caballo, fue el de comportamiento más completo. Entre los coletudos Castaño se desenvolvió con gran solvencia, incluso se atrevió a pegar a un ‘miura’ pavoroso muletazos sentado en una silla, y Pinar fue capaz de correr la mano con temple y destreza al animal más pacífico. Pero Rafaelillo merece mención aparte. Por su despliegue, por su dedicación y por el modo de hacer frente a su lote. Hace falta sentirse muy torero y tener mucha afición para abordar con esa determinación un compromiso que, no lo olvidemos, tiene un porcentaje de éxito sensiblemente menor al de los espectáculos precedentes.

El segundo ‘miura’, estrecho y frentudo, asomaba sin estirarse la gaita por encima de las tablas. Se movió desacompasado, echando las manos por delante, en el capote de Javier Castaño. Se empleó en el peto, donde el salmantino cuidó al animal, consciente de su medida fortaleza y su obediencia en las telas. Así se comportó en el inicio de faena, y en las primeras series sobre la derecha en las que el torero castellano le dio sitio y aprovechó la inercia, pero cuando cambió la muleta de mano y se quedó en el sitio para ligar los muletazos, el animal le protestó. Se quedó corto y tendió a defenderse por su debilidad y la faena no cobró altura. La estocada, de museo, animó y justificó la petición y concesión de la oreja.

El quinto fue un castaño chorreado pavoroso. Porque además de su altura y su amplitud de sienes, lucía unos pitones descomunales, de gran envergadura. Lo saludó Castaño andándole para atrás, sin molestarlo ni obligarlo, y así se lo sacó a los medios. Cumplió el toro en las series siguientes y Castaño sacó una silla para principiar faena sentado en la misma. Tragó tela el salmantino porque el animal esperó siempre muy engallado, y en el remate, ya de pie, estuvo a punto de prenderlo. Hubo reposo en ese inicio, incluso quiso abandonarse el torero, que luego lo muleteó con asentamiento sobre la mano derecha, sobre todo en dos series de mucha consistencia y mucho mérito. Porque ¿Cuanto costaba meter esa cabeza en una muleta? imagino que lo mismo que pasar por ese velamen para meter la espada. Pues todo eso lo hizo Castaño sin aparentar sufrimiento, sin hacer ostentación de nada. Con una aparente facilidad pasmosa. Pero el toro no cayó, el salmantino no acertó con el descabello y Castaño se quedó sin un reconocimiento más que merecido.

Pamplona. Viernes, 14 de julio de 2017. Toros de Miura, muy bien presentados y de juego desigual, para Rafaelillo, oreja en ambos; Javier Castaño, oreja y ovación con saludos; y Rubén Pinar, silencio y oreja. Entrada: Lleno.

Crónica: Mundotoro

Fotografías: Mundotoro y Aplausos

Video Resumen del Festejo

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